In memorian Javier Peña, por Francisco José Martínez

Ha fallecido Javier Peña. Ya sabíamos que estaba enfermo pero no deja de sorprenderte siempre la triste noticia del desenlace final, especialmente en unas edades en las que estas noticias de la desaparición de amigos entrañables son cada vez más constantes. Javier era uno de esos amigos que a pesar de la distancia siempre sientes presente. Nos unía un conocimiento de casi 40 años, desde la ya lejana fecha de la fundación del Seminario Spinoza en aquel memorable congreso de Almagro a principios de los noventa que tan importante fue tanto para los estudios espinosianos en España como para la consolidación de una serie de amistades que perduran hasta ahora mismo y en las que Javier ocupaba un lugar de honor.

Javier Peña fue un gran investigador, un docente espléndido y un fecundo organizador de eventos y publicaciones. Nos unía el amor a Espinosa, la dedicación al barroco español, el interés por el republicanismo y la razón de Estado, la fascinación por su ciudad, Valladolid, especialmente por su espléndida Plaza Mayor y por la fachada de su antigua Universidad ,y el gusto, tan de la tierra, por el vino. Compartimos la dirección del Seminario Spinoza casi desde su fundación y hay que destacar la presencia siempre constante a lo largo de estos años de Javier en la organización de los eventos propulsados por el Seminario. También compartía con él la pertenencia a los grupos dedicados a la Filosofia Política en la UNED y luego en el CSIC que siempre defendieron la especificidad de esa temática en su necesaria autonomía, que no independencia, en relación tanto a la Ética, siempre tan acaparadora, como a la Filosofía del Derecho.

Su espléndida tesis doctoral se puede decir que inauguró en España el interés por la filosofía política de Espinosa, que hasta entonces había sido estudiado más como metafísico y crítico de la religión que como filósofo político. Javier situaba a Espinosa en su siglo, ese tumultuoso siglo XVII que para algunos supuso “el trasfondo barroco de la modernidad”, en clarividente definición de Ana Lucas. En el estudio de ese contexto hay que destacar la edición de las Políticas de Justo Lipsio que publicó en Tecnos con Modesto Santos y la documentada y esencial antología de textos sobre La razón de Estado en España que publicó también en Tecnos. Textos los dos esenciales para entender el siglo barroco desde dos de sus polos fundamentales: la Monarquía Compuesta de los Austrias españoles y las Provincias Unidas en guerra continua en esos años. Javier analizó con profundidad y cercanía ese siglo tan complejo y crucial y que tiene tantos puntos en común con nuestra propia época destacando la centralidad del neoestoicismo como teoría política de resignación frente a un tiempo de “crisis sin esperanza”. Pasados los tiempos felices renacentistas en los que la recuperación de la antigüedad clásica permitió el desarrollo de un republicanismo libertador y la visión erasmiana del cristianismo intentó tender puentes entre la necesaria reforma del cristianismo y el mantenimiento de la unidad católica, el siglo barroco asiste al surgimiento del Estado absolutista y a la cristalización de la división religiosa en Europa , causas de las sangrientas guerras de religión que asolaron la época. Javier fue atento estudioso de la complejidad histórica y teórica de esos momentos seminales de la modernidad europea partir de un realismo lúcido que , a pesar de todo, no le hizo caer en el pesimismo, ya que nuestro amigo tenía una generosa humanidad que le hacía confiar en el ser humano y en sus capacidades para remontar las crisis. El análisis de los teóricos y practicantes de la razón de Estado en España llevó a Javier a resaltar el difícil equilibrio en que se tenían que mover ya que eran, como decía Saavedra Fajardo, analistas y consejeros de un príncipe que tenia que ser a la vez cristiano, es decir que se veía constreñido en su actuación política por la ética y la religión. Esos difíciles equilibrios en los que eran maestros los jesuitas fueron estudiados con profundidad y clarividencia por nuestro autor, cuya esencial contribución a la historia de la filosofía política española en los años barrocos quiero destacar aquí.

Ya habrá tiempo para analizar en profundidad sus aportaciones filosóficas , y creo que el seminario Spinoza habría de ser pionero en esta tarea organizando un congreso de homenaje cuanto antes, pero no quería dejar de dar constancia aquí de esta faceta de la obra de Javier que las primeras necrológicas no han destacado suficientemente.

La dura necesidad de la muerte no puede borrar, sin embargo, los momentos compartidos en los cafés modernistas de Valladolid, las conversaciones sosegadas en los congresos y los afanes organizativos comunes. En ese sentido, su calor humano, así como la amplia sabiduría condensada en sus escritos nos acompañarán siempre porque forman parte esencial de nuestras vidas. A él, que era tan clásico, no hay duda de que la tierra le será leve y que, al mismo tiempo, descansará en paz porque él, como buen espinosista y no solo espinosiano, ya gozaba de la beatitudo y la gloria en este mundo a través del tercer género de conocimiento, conciencia  de y amor hacia el conjunto de la realidad y autoconciencia lúcida y lúdica del propio puesto en dicho conjunto .