Javier Peña fue un gran investigador, un docente espléndido
y un fecundo organizador de eventos y publicaciones. Nos unía el amor a
Espinosa, la dedicación al barroco español, el interés por el republicanismo y
la razón de Estado, la fascinación por su ciudad, Valladolid, especialmente por
su espléndida Plaza Mayor y por la fachada de su antigua Universidad ,y el
gusto, tan de la tierra, por el vino. Compartimos la dirección del Seminario
Spinoza casi desde su fundación y hay que destacar la presencia siempre
constante a lo largo de estos años de Javier en la organización de los eventos
propulsados por el Seminario. También compartía con él la pertenencia a los
grupos dedicados a la Filosofia Política en la UNED y luego en el CSIC que
siempre defendieron la especificidad de esa temática en su necesaria autonomía,
que no independencia, en relación tanto a la Ética, siempre tan acaparadora,
como a la Filosofía del Derecho.
Su espléndida tesis doctoral se puede decir que inauguró en
España el interés por la filosofía política de Espinosa, que hasta entonces
había sido estudiado más como metafísico y crítico de la religión que como filósofo
político. Javier situaba a Espinosa en su siglo, ese tumultuoso siglo XVII que
para algunos supuso “el trasfondo barroco de la modernidad”, en clarividente
definición de Ana Lucas. En el estudio de ese contexto hay que destacar la
edición de las Políticas de Justo Lipsio que publicó en Tecnos con
Modesto Santos y la documentada y esencial antología de textos sobre La
razón de Estado en España que publicó también en Tecnos. Textos los dos
esenciales para entender el siglo barroco desde dos de sus polos fundamentales:
la Monarquía Compuesta de los Austrias españoles y las Provincias Unidas en
guerra continua en esos años. Javier analizó con profundidad y cercanía ese
siglo tan complejo y crucial y que tiene tantos puntos en común con nuestra
propia época destacando la centralidad del neoestoicismo como teoría política
de resignación frente a un tiempo de “crisis sin esperanza”. Pasados los
tiempos felices renacentistas en los que la recuperación de la antigüedad
clásica permitió el desarrollo de un republicanismo libertador y la visión
erasmiana del cristianismo intentó tender puentes entre la necesaria reforma
del cristianismo y el mantenimiento de la unidad católica, el siglo barroco
asiste al surgimiento del Estado absolutista y a la cristalización de la
división religiosa en Europa , causas de las sangrientas guerras de religión
que asolaron la época. Javier fue atento estudioso de la complejidad histórica
y teórica de esos momentos seminales de la modernidad europea partir de un
realismo lúcido que , a pesar de todo, no le hizo caer en el pesimismo, ya que nuestro
amigo tenía una generosa humanidad que le hacía confiar en el ser humano y en
sus capacidades para remontar las crisis. El análisis de los teóricos y
practicantes de la razón de Estado en España llevó a Javier a resaltar el
difícil equilibrio en que se tenían que mover ya que eran, como decía Saavedra
Fajardo, analistas y consejeros de un príncipe que tenia que ser a la vez
cristiano, es decir que se veía constreñido en su actuación política por la
ética y la religión. Esos difíciles equilibrios en los que eran maestros los
jesuitas fueron estudiados con profundidad y clarividencia por nuestro autor,
cuya esencial contribución a la historia de la filosofía política española en
los años barrocos quiero destacar aquí.
Ya habrá tiempo para analizar en profundidad sus
aportaciones filosóficas , y creo que el seminario Spinoza habría de ser
pionero en esta tarea organizando un congreso de homenaje cuanto antes, pero no
quería dejar de dar constancia aquí de esta faceta de la obra de Javier que las
primeras necrológicas no han destacado suficientemente.
La dura necesidad de la muerte no puede borrar, sin embargo,
los momentos compartidos en los cafés modernistas de Valladolid, las
conversaciones sosegadas en los congresos y los afanes organizativos comunes.
En ese sentido, su calor humano, así como la amplia sabiduría condensada en sus
escritos nos acompañarán siempre porque forman parte esencial de nuestras
vidas. A él, que era tan clásico, no hay duda de que la tierra le será leve y
que, al mismo tiempo, descansará en paz porque él, como buen espinosista y no
solo espinosiano, ya gozaba de la beatitudo y la gloria en este mundo a través
del tercer género de conocimiento, conciencia
de y amor hacia el conjunto de la realidad y autoconciencia lúcida y
lúdica del propio puesto en dicho conjunto .
